Raíces de nuestra cultura política (II)
Publicado en Diario Alfil: 15 de mayo 2026
Presente y Pasado
Inmigración y Desarrollo
El proyecto oligárquico argentino solo es posible con la incorporación de inmigración masiva. Argentina, entre 1860 y 1930, recibe seis millones de personas; entre 1880 y 1910 llegan alrededor de 3,5 millones, la mayoría italianos y españoles. Estos grupos se asientan en el Litoral —Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos— y en ciudades portuarias. La población inmigrante constituye una parte central del total nacional. En la ciudad de Buenos Aires, durante los noventa, los extranjeros representan el 45% de sus habitantes. A 1914, la población se estima en casi 8 millones, según datos del Censo Nacional y el Atlas Histórico del CONICET. Esta inmigración permite la expansión agrícola ganadera, además del desarrollo de infraestructura necesaria para integrar la producción al mercado mundial, como ferrocarriles, puertos y caminos.
Oligarquía y Democracia
El salto al desarrollo de un país moderno se configura con sectores exportadores, propietarios de latifundios, sectores financieros, la emergencia de una clase media ligada a servicios y la masa de trabajadores. Los proyectos de colonias agrícolas, como plantea Avellaneda, son pocos; los más reconocidos resultan ser Esperanza y San José. La oligarquía terrateniente considera al inmigrante simple fuerza de trabajo, por lo que el acceso a la tierra se limita; el rol de la mayoría se circunscribe a asalariados agrícolas y obreros urbanos. Una minoría se desarrolla en el comercio, talleres propios y arrendamientos rurales. El financiamiento de ese crecimiento, logrado en pocas décadas, lo proporciona la banca extranjera a tenor de los intereses económicos británicos.
Concepción de las élites
El régimen oligárquico argentino, eficaz en garantizar estabilidad institucional y sostener el modelo agroexportador, desarrolla condiciones sociales que agotan su ciclo de dominación. La crisis de los noventa y las consecuencias de la Primera Guerra Mundial ponen en jaque al modelo. El país se gobierna como una gran estancia; el fraude electoral, útil en la etapa de consolidación o necesario como mecanismo estructural del proyecto (Borón, 1991), se vuelve rutinario y carece de legitimidad.
En lo económico, la dependencia del modelo agroexportador revela vulnerabilidad frente a los ciclos internacionales. En lo social, la inmigración masiva y el crecimiento urbano generan tensiones que la oligarquía ignora, manteniendo a amplios sectores excluidos de la ciudadanía.
Tulio Halperín Donghi (1980) describe al régimen como eficaz en consolidar el Estado, pero incapaz de responder a las transformaciones sociales. Este autor coincide en que el «régimen», como lo define Yrigoyen, pierde imaginación y se sumerge en la mediocridad producto del ejercicio del poder sin reconocimiento de las nuevas realidades.
La inmigración masiva y la emergencia de nuevas fuerzas sociales desbordan un sistema que repite fórmulas de control electoral y represión. La crisis de legitimidad se profundiza hacia comienzos del siglo XX, cuando movimientos sociales cuestionan la exclusión sistemática. Ante las tensiones crecientes y la declinación del poder de Roca, emerge la Ley Electoral de Roque Sáenz Peña en 1912, que inaugura una nueva etapa democrática como respuesta a la crisis de legitimidad. Sáenz Peña busca integrar al aluvión inmigratorio mediante tres pilares: reforma de la educación pública, proyección del servicio militar obligatorio —base del padrón electoral— y la reforma electoral que otorga ciudadanía política plena a varones mayores de 18 años, garantizando el voto secreto y obligatorio.
Cultura y Democracia
Los cimientos de nuestra democracia se caracterizan por prácticas de fraude electoral y exclusión. La libertad se reduce a un principio formal, sin garantías efectivas. La igualdad queda anulada por un sistema que reserva el poder a una élite, mientras la fraternidad se reemplaza por control social. Esto tiene consecuencias graves. El impacto de la inmigración, radicada en núcleos urbanos y sin normas cívicas previas, irrumpe desde diversos orígenes. Juan Álvarez, escritor de las primeras décadas de siglo XX, sostiene que la inmigración varada en las urbes genera mano de obra improductiva, fragmentando la cohesión social y la estabilidad nacional. (EUDEBA 1975).
Esa masa ávida de progreso se encuentra con un régimen que no amalgama intereses diversos dentro de un proyecto común. La oligarquía preserva privilegios y su norma política es la exclusión mediante el fraude. ¿Qué es la Argentina para esa población sin historia, incluso influida por corrientes anarquistas, sin el acogimiento de un país avanzado? Solo pensar que la Capital Federal se constituye en núcleo cosmopolita con casi la mitad de población extranjera, se visualiza el marasmo cultural que el país afronta.
El vacío normativo, que nace de prácticas y costumbres cívicas de una cultura social avanzada, da lugar a la consigna del vale todo. Siguiendo a Gramsci, (1929/36) no existe posibilidad de que esa población nueva asimile un discurso hegemónico democrático, dado que lo imperante es un de “régimen dominación.”
Joaquín V. González, en su célebre Discurso del siglo, advierte con claridad las dificultades futuras de la sociedad argentina. Las raíces explican su desazón.
Eduardo Dalmasso. Dr. en Ciencia Política (UNC - CEA)
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