Sobre Líderes y Maestros en nuestra Universidad Nacional
Pensar la Universidad.
SOBRE LIDERES Y MAESTROS EN NUESTRA
UNIVERSIDAD NACIONAL
Muchos dirigentes, que son producto de la lógica del sistema, cumplen un pobre papel en cargos que requieren actitudes de liderazgo.
El 17 de enero, leí con asombro
en el Diario La Nación, notas de reconocimiento al doctor Mischa Cotlar. Con
asombro porque el distinguido profesor era autodidacta. “A sus virtudes
intelectuales le sumaba una humildad conmovedora. A quienes se sorprendían por
sus logros desconcertantes, como haber obtenido un doctorado en la Universidad
de Chicago habiendo cursado no más que algunos años de la escuela primaria”,
les contestaba que era “un matemático modesto, ni siquiera un matemático, un
estudiante de matemática”. Le cupo participar de la época de oro de la
Universidad hasta el fatídico golpe de 1966.
Me parece interesante destacar el
predominio de la sustancia sobre la forma. A ninguno de sus colegas, Manuel
Sadosky entre otros, le importó la educación formal. Les importaba reconocer un
par que podía contribuir al desarrollo del conocimiento y el embeleso por su
producción. No fue el único caso, y justamente este encuentro con la noticia me
produjo un interrogante.
Época de oro. ¿Qué es lo
que primaba en nuestras universidades para que se produjera una tan rica vida
intelectual y científica? ¿Por qué el entusiasmo y la búsqueda de las
excelencias sobre las formas propias de los valores burocráticos?
Me incorporo a la Universidad
como docente en las postrimerías del golpe militar de1966. Aún se podía
experimentar la libertad de pensamiento, el orgullo por el rol del docente, la
conciencia de lo que se podía aportar. Por cierto, una realidad no totalmente
generalizable pero lo suficientemente extendida como para sentir que la
Universidad transmitía valores, te enseñaba a modificar hábitos, te enseñaba a
pensar. Constituía no sólo una herramienta de traslación de información
sistematizada sino una institución que podía jugar como agente de
transformación. Recuerdo discutir en uno de mis primeros concursos con el
profesor titular a quién no conocía, mostrarle los libros que yo usaba en mi
vida profesional y él, junto con el tribunal, dispuesto a intercambiar ideas.
Ese intercambio, creo, era una
reminiscencia de esa época de oro de la Universidad en la cual pertenecer
significaba mucho. No en todas las cátedras, pero eran las suficientes como
para no perder la frescura que otorga el aprendizaje permanente. Se lloraban
pérdidas académicas pero lo que sobrevivía aún era muy fuerte.
¿Qué había en esa Universidad de
los años de 1960, incluso con fuerte sesgo profesionista como lo fue en sus
orígenes y lo es ahora? Creo que conciencia de su misión y un fuerte sentido de
pertenencia.
Degradación. Luego, las
terribles disputas políticas por fuera del campo académico, y la posterior
larga noche de la dictadura iniciada en 1976, no podían dejar indemne una
institución considerada de alto riesgo. Muchos profesores exonerados supieron
del exilio interno, haciendo tareas increíbles para sobrevivir y ayudar a sus
familias. Poco se sabe de las odiseas de estos presuntos sospechosos. Algunos
pudieron volver a la Universidad; parte de ellos por su experiencia extra –
universitaria, tendrán la posibilidad de ver las debilidades del sistema; otros
se adaptarían plenamente al modelo autoritario instituido. Modelo que, quizá
como fruto de los sucesivos embates, se parece más al de un Ministerio que a un
ámbito de creatividad y saber, y no precisamente porque no haya gente
talentosa.
La vuelta de la democracia fue
otra experiencia traumática. Cuadros de conducción sin experiencia, munidos de
un ideologismo extremo, tampoco aportaron demasiado a lo que debería constituir
el centro de atención universitaria: lo académico y la investigación.
La ola neoliberal produjo el
resto, camadas de jóvenes que no conocieron el fragor de las disputas políticas
e intelectuales típicas de la vida universitaria se empiezan a formar dentro de
un sesgo exclusivamente profesionista y en la carencia de discusiones de alto
vuelo intelectual.
El marco externo, preñado de
individualismo y creciente marginación, provoca un extrañamiento de los jóvenes
respecto del significado de la política. El valor predominante del “sálvese
quien pueda” se refleja en la práctica habitual de militancia política a cambio
de cargos. El estudiantado adopta los mecanismos de negociación propios de una
dirigencia política de partidos carente de visión y firmeza ideológica.
Realidades. Los grupos de
poder se definen a través de las facultades, acentuando por esta razón y la
creciente dimensión del estudiantado, el sesgo profesionista. La investigación
y los investigadores quedan subsumidos en general dentro de esa realidad.
Dentro de este cuadro, es difícil encontrar líderes que desde lo académico
motiven para la acción y sobre todo creen un marco adecuado para el disenso y
la renovación de la visión.
Escuché a Carolina Scotto decir
que no concebía que un docente no se animara a expresar su opinión porque ésta
fuera diferente a la de su decano (en una reunión organizada por Consenso
Córdoba en la Facultad de Ciencias Exactas). Tengo que enunciar que, si en su
accionar como rectora, lograra esa posibilidad estaría sentando las bases de un
cambio de cultura fundamental para la vida universitaria.
Hoy, a mi entender, la cultura de
toda la Universidad a este respecto no es demasiado diferente de la que se
cultiva en la sociedad política en general. Muchos dirigentes que son productos
de la lógica del sistema cumplen un pobre papel en cargos que requieren de
actitudes de liderazgo. Esto de por sí produce desánimos en cualquier
organización.
Valor de la visión. La
posibilidad de cambio real en cualquier institución depende de la capacidad que
tenga una visión de suscitar entusiasmo y sentido de responsabilidad para con su cumplimiento.
Lo primero, indudablemente, es la formulación de la visión y su enriquecimiento
por los principales actores, en este caso los decanos, dirigentes estudiantiles
y el propio Consejo Superior. Poner la proa a por lo menos 12 – 15 años vista
permitiría la formulación de un plan estratégico en términos de política. Plan
flexible pero siempre atento a la visión.
Rectores con mucha valía ha
tenido nuestra Universidad, pero la experiencia nos indica que no es
suficiente. La posibilidad de modificar el sistema requiere la transformación
de un modelo de poder asentado en el juego de intereses de las facultades en un
modelo que devuelva a la Universidad su carácter.
Es posible que una medida fundamental
sea la de crear centros integradores que incorporen a los distintos equipos de
investigación, hoy dependientes de las facultades, en centros dependientes del
Rectorado y con representación en el Consejo Superior. Es decir, vinculados a
las facultades en materia de docencia y con estrictas obligaciones de
rendimiento de cuentas y no sólo ante la Universidad.
Pienso que la experiencia de
Córdoba Ciencia podría ayudar mucho a este proceso de transformación, no así la
Coneau, que parece estar perdiendo la sensibilidad necesaria para interpretar
procesos de cambios. Esto sería un primer paso en la regeneración del concepto
de Universidad. Universidad que hoy no sé si aceptaría a Domingo Faustino
Sarmiento como profesor emblemático.
Para qué educamos. Atento
a su misión trascendental, sería importante considerar para la definición de
objetivos y procesos estratégicos, la diferenciación que propone el profesor
Swanson, quien, entre otras cosas, nos dice que los aprendices aprenden las
reglas y desarrollan las habilidades para aplicarlas; los oficiales expertos
comprenden las reglas y saben aplicarlas; mientras que los maestros intentan
captar el todo y entienden por qué existen las reglas en su contexto.
En este sentido, dice que los
maestros son personas de fe porque buscan lo emergente y que la complejidad y
la interacción entre las reglas no llega por sí mismo a abarcar el todo. Dentro de
su pensamiento, tanto la regla como la excepción son producto de la acción
humana, individual y colectiva.
La primera observación es que en
el mundo de la academia no contamos con suficientes maestros. La segunda es
que, comprensiblemente y acordado con Swanson, un líder es un maestro. La
tercera es que, nuestros ámbitos educativos son renuentes a aceptar que estamos
inmersos en un proceso de cambio de paradigmas científicos y existenciales.
La UNC es un símbolo para Córdoba y es su nave insignia a nivel regional.
Eduardo Dalmasso. Dr. en Ciencia Política (UNC - CEA)
Edición impresa en La Voz del
Interior (29 de mayo 2007).
Comentarios
Publicar un comentario