Crisis del modelo capitalista y reordenamiento geopolítico - parte 1
Reconocer la crisis capitalista como de gran profundidad
Estamos inmersos en situaciones de conflictos y de irrupción de políticas totalmente contrarias a los acuerdos establecidos al finalizar la 2da guerra mundial bajo la hegemonía norteamericana y el gran acuerdo de división de esferas de influencia con la Unión Soviética. La década del setenta comienza a mostrar las limitaciones del modelo instaurado y la crisis del petróleo lo socava en profundidad. A comienzos de los años ochenta se revierten parcialmente algunos impactos a través de un proceso de globalización incipiente y se produce el derrumbe de la Unión Soviética. En dicha década y en la siguiente se manifiestan crisis financieras con seria afectación de los mercados y de los niveles de endeudamiento.
Las dirigencias del mundo occidental encuentran crecientes dificultades para restablecer las condiciones de crecimiento del empleo y de la productividad que requieren los cambios estructurales en curso. Europa, enfrascada en su proceso de integración cuya finalidad central es establecer una zona de paz definitiva, no advierte en tiempo y forma su progresivo rezago.
No es coyuntural
La crisis que atraviesa el capitalismo contemporáneo no constituye un episodio coyuntural ni una perturbación pasajera del normal funcionamiento del sistema. Por el contrario, expresa una crisis de gran profundidad, de carácter estructural, cuyo desarrollo se extiende en el tiempo y se manifiesta en múltiples planos: económico, social, político y cultural. Su rasgo distintivo es que compromete los fundamentos mismos del patrón de acumulación que se consolida en la posguerra y que sostiene, durante décadas, la hegemonía del capitalismo central.
La crisis financiera de 2008 marca un límite definitivo a dicho modelo. Todo el capitalismo occidental resulta afectado, pero el epicentro se manifiesta necesariamente en el imperio hegemónico de Occidente. Nuevos actores emergentes ponen en cuestión el orden mundial preexistente. Desde esta perspectiva, la crisis no irrumpe de manera súbita, sino que se gesta lentamente a partir de contradicciones internas que el propio sistema no logra resolver.
La progresiva financiación de la economía, la pérdida de dinamismo de la inversión productiva, el estancamiento relativo de los salarios y la creciente concentración del ingreso erosionan las bases del crecimiento sostenido. A ello se suma el agotamiento del modelo de expansión apoyado en el consumo masivo, que había funcionado como motor de legitimación social y estabilidad política en las economías centrales.
En este marco, el desajuste entre la capacidad productiva global y la demanda efectiva se vuelve persistente. La expansión del crédito y de los instrumentos financieros opera, durante un tiempo, como mecanismo compensador, pero termina profundizando la fragilidad sistémica. La crisis financiera no aparece entonces como causa, sino como síntoma de una crisis más amplia del proceso de acumulación. Las diferencias de ingresos y el estancamiento salarial, particularmente en la potencia hegemónica, quiebran la promesa de movilidad social ascendente. El empleo industrial, eje de la integración social en el siglo XX, se contrae o se precariza, mientras que la innovación tecnológica y la reorganización productiva no logran absorber la mano de obra desplazada en condiciones equivalentes. La crisis adquiere así una dimensión social profunda: se amplían las desigualdades, se fragmentan las identidades colectivas y se debilitan los mecanismos tradicionales de representación política. Este proceso incide de manera directa en el deterioro de las democracias contemporáneas, que enfrentan crecientes dificultades para procesar demandas sociales en un contexto de restricciones económicas estructurales.
Cambio de época
En términos históricos, la crisis actual remite a un cambio de época. El orden económico internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos como centro articulador, se construye sobre condiciones excepcionales: supremacía productiva, liderazgo tecnológico, capacidad financiera y legitimidad política. A medida que esas condiciones se erosionan, la arquitectura del sistema comienza a mostrar fisuras cada vez más visibles. Reconocer la profundidad de la crisis del modelo que se instaura a partir de fines de los setenta, implica abandonar lecturas simplificadoras que la reducen a errores de política económica, excesos regulatorios o desvíos temporales. Se trata de una crisis que es producto del modelo desarrollado agravado por el brutal salto tecnológico. En este sentido, no solo afecta a las economías periféricas, tradicionalmente más vulnerables, sino que impacta de lleno en el corazón del sistema.
Comprensión
Este diagnóstico resulta imprescindible para comprender los fenómenos políticos y geopolíticos posteriores. Las transformaciones en las relaciones de poder, la disputa por la hegemonía y la emergencia de liderazgos disruptivos no pueden analizarse al margen de esta crisis estructural. Son, en gran medida, respuestas históricas a un orden económico que deja de garantizar crecimiento, cohesión social y previsibilidad. La crisis estructural del capitalismo no solo desorganiza los equilibrios económicos internos de las potencias centrales, sino que se proyecta de manera directa sobre el sistema internacional.
Eduardo Dalmasso - Dr. en Ciencias Políticas (UNC - CEA)
* La 2° parte se publicará en el Blog el día domingo 25/01.
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