Presente y Pasado. Milei y el devenir

 

                                                                     Publicado en Diario Alfil: 15 de Abril 2026



Proceso de gestación

Los efectos económicos y sociales de la dictadura del 76 pusieron en jaque un modelo de desarrollo que culmina con el gobierno de Menem. La dirigencia emergente intentó sostener un proyecto industrial que exigía reformas profundas. Sin embargo, la crisis de 2001 no fue comprendida en su magnitud y, gracias al viento de cola de los commodities, esos ajustes no se realizaron. Se insistió en mecanismos que reforzaron un Estado clientelar y de baja productividad. Este proceso fortaleció el discurso neoliberal, que facilitó el acceso al poder de una derecha ideológica. Esa gestión terminó con un gravoso endeudamiento y desarticulación de los mercados. 

El regreso del peronismo kirchnerista derivó en un gobierno anárquico, saboteado por su propio líder, incapaz de reconocer el cansancio social frente a los privilegios de la dirigencia. La creciente inflación y las arbitrariedades en el manejo de lo público definieron el final de un ciclo que no terminaba de morir. En suma, trece años sin crecimiento económico y un nivel de pobreza que hiere la vida democrática oscurecieron cualquier logro político y social. La sociedad quedó atrapada en un círculo vicioso: gobiernos que prometen cambios, pero que terminan reproduciendo las mismas prácticas de clientelismo y endeudamiento.

 

Consecuencias 

En ese contexto emerge una figura disruptiva, de rasgos mesiánicos y doctrinarios, que promete destruir el Estado, eliminar la inflación, cerrar el Banco Central y combatir lo que denomina “la casta.” Su doctrina se apoya en autores que critican el rol estatal y exaltan la primacía de los mercados. Algunos con formación filosófica sólida; otros con interpretaciones que parecen retroceder a concepciones primitivas. 

El nuevo gobierno, sin estructuras partidarias ni equipos consolidados, sobrevive gracias a la esperanza de sus votantes y a la fuerza vital del presidente. Éste mantiene su discurso de campaña, pero sus decisiones reconstituyen el modelo financiero de Martínez de Hoz sostenido por la dictadura de Videla, y luego consolidado por el menemismo. “El presidente se identifica con el gobierno de Carlos Menen”. Esto alinea al país con el capitalismo financiero y la derecha ideológica. 

Como todo emergente mesiánico, la democracia no es un valor central, aunque se vea obligado a respetarla por las instituciones que la sociedad supo rescatar de las experiencias totalitarias. Su desprecio por el periodismo libre y el predominio de un discurso totalitario revelan confusión. Su admiración por líderes como Trump, Netanyahu u Orbán define su ideología y su desconocimiento de límites institucionales, al asumir como propia la guerra que Israel y Estados Unidos libran en Medio Oriente. Esa relación, sin embargo, salvó al gobierno de una crisis política y económica y contribuyó a defender los intereses nacionales en el juicio por la expropiación de YPF. 

La figura presidencial se sostiene en un carisma que combina provocación y ruptura, pero carece de un proyecto institucional sólido. El riesgo es evidente: un liderazgo que se apoya más en la confrontación que en la construcción de consensos, y que puede derivar en una erosión de la cultura democrática.

 

Realidades 

Un gobierno carente de cuadros y que prescinde del impacto de sus políticas públicas, produce un profundo daño social. Sectores de la clase media y de los trabajadores lo toleran por la esperanza de un futuro de estabilidad y progreso. El derrotero de sus medidas repite lo ya experimentado:  mayor destrucción de un tejido social y productivo, inserto en un modelo competitivo débil y sin adecuación al nuevo mundo. 

Ese nuevo mundo ofrece oportunidades: el yacimiento de Vaca Muerta y el potencial minero de la cordillera. Pero su consolidación requiere infraestructura inexistente: transporte de petróleo, transformación del gas en puertos, proyectos para exportar minerales. Todo ello demanda políticas de Estado, más allá de un “RIGI” (ley 27742) extremadamente generoso con el capital, justificado por la necesidad de atraer inversiones. Este proceso, de afianzarse, equilibrará el poder político entre Buenos Aires, la Pampa Húmeda y las provincias cordilleranas. 

La paradoja es clara: mientras se destruye el tejido social, se abren posibilidades de riqueza inédita. El desafío consiste en que esa riqueza no se traduzca en mayor desigualdad, sino en un proyecto de desarrollo equilibrado. Para ello se requiere una dirigencia capaz de articular intereses diversos, con visión estratégica y sentido de responsabilidad histórica. 

El futuro posible, de mucha pobreza y mucha riqueza, exigirá una dirigencia más lúcida que la que acompañó la declinación argentina. La historia reciente muestra que los ciclos de crisis y esperanza se repiten cuando no se construyen instituciones sólidas, independientes de intereses de facción y de largo alcance. Caso paradigmático, el de la de justicia.

La pregunta que queda abierta es si la sociedad argentina podrá superar la tentación de los liderazgos mesiánicos y apostar por verdaderos “hombres de Estado”, capaces de pensar más allá de la coyuntura y de reconstruir el vínculo entre democracia y desarrollo. 


Eduardo Dalmasso. Dr. en Ciencia Política (UNC - CEA)




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