Escritos de Autores seleccionados. Amos Oz Contra el fanatismo
Traducción de
Daniel
Sarasola
Biblioteca
de Ensayo 17 (serie menor) Ediciones Siruela
Contra el
fanatismo
Sobre la
naturaleza del fanatismo
Sobre la
necesidad de llegar a un
compromiso y
su naturaleza
Sobre el
goce de escribir
y el
compromiso
Contra el
fanatismo
Sobre la
naturaleza del fanatismo
¿Cómo curar
a un fanático? Perseguir a un puñado de fanáticos por las montañas de
Afganistán es una cosa. Luchar contra el fanatismo, otra muy distinta. Me temo
que no sé exactamente cómo perseguir fanáticos por las montañas pero puede que
consagre una o dos reflexiones a la naturaleza del fanatismo y a las formas, si
no de curarlo, al menos de controlarlo. La clave del ataque del 11 de
septiembre contra Estados Unidos no sólo hay que buscarla en el enfrentamiento
existente entre pobres y ricos. Dicho enfrentamiento constituye uno de los más
terribles problemas del mundo, pero cerraremos en falso el caso del 11 de
septiembre si pensamos que sólo fue un ataque de pobres contra ricos. No se
trata sólo de «tener y no tener». Si fuera así de simple, uno esperaría que el
ataque viniera de África, donde están los países más pobres, y tal vez que
fuera lanzado contra Arabia Saudí y los emiratos del Golfo, que son los Estados
productores de petróleo y los países más ricos. No. Es una batalla entre
fanáticos que creen que el fin, cualquier fin, justifica los medios. Se trata
de una lucha entre los que piensan que la justicia, se entienda lo que se
entienda por dicha palabra, es más importante que la vida, y aquellos que, como
nosotros, pensamos que la vida tiene prioridad sobre muchos otros valores,
convicciones o credos. La actual crisis del mundo, en Oriente Próximo, o en
Israel/Palestina, no es consecuencia de los valores del islam. No se debe a la
mentalidad de los árabes como claman algunos racistas. En absoluto. Se debe a
la vieja lucha entre fanatismo y pragmatismo. Entre fanatismo y pluralismo.
Entre fanatismo y tolerancia. El 11 de septiembre no es consecuencia de la
bondad o la maldad de Estados Unidos, ni tiene que ver con que el capitalismo
sea peligroso o flagrante. Ni siquiera con si es oportuno o no frenar la
globalización. Tiene que ver con la típica reivindicación fanática: si pienso
que algo es malo, lo aniquilo junto a todo lo que lo rodea. El fanatismo es más
viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que
cualquier Estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier
ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente
siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de
alguna manera. La gente que ha volado clínicas donde se practicaba el aborto en
Estados Unidos, los que queman sinagogas y mezquitas en Alemania, sólo se
diferencian de Bin Laden en la magnitud pero no en la naturaleza de sus
crímenes. Desde luego, el 11 de septiembre produjo tristeza, ira, incredulidad,
sorpresa, melancolía, desorientación y, sí, algunas respuestas racistas
–antiárabes y antimusulmanas– por doquier. ¿Quién habría pensado que al siglo
XX le seguiría de inmediato el siglo XI? Mi propia infancia en Jerusalén me ha
hecho experto en fanatismo comparado. El Jerusalén de mi niñez, allá por los
años cuarenta, estaba lleno de profetas espontáneos, redentores y mesías.
Todavía hoy, todo jerosolimitano tiene su fórmula personal para la salvación
instantánea. Todos dicen que llegaron a Jerusalén –y cito una frase famosa de
una vieja canción– para construirla y ser construidos por ella. De hecho, algunos
(judíos, cristianos, musulmanes, socialistas, anarquistas y reformadores del
mundo) han acudido a Jerusalén no tanto para construirla ni ser construidos por
ella como para ser crucificados o para crucificar a los demás, o para ambas
cosas al tiempo. Hay un trastorno mental muy arraigado, una reconocida
enfermedad mental llamada «síndrome de Jerusalén»: la gente llega, inhala el
nítido y maravilloso aire de la montaña y, de pronto, se inflama y prende fuego
a una mezquita, a una iglesia o a una sinagoga. O si no, se quita la ropa,
trepa a una roca y comienza a profetizar. Nadie escucha jamás. Incluso hoy,
incluso en la Jerusalén actual, en cada cola del autobús es probable que
estalle un exaltado seminario callejero entre gente que no se conoce de nada
pero que discute de política, moral, estrategia, historia, identidad, religión
y de las verdaderas intenciones de Dios. Los participantes en dichos
seminarios, mientras discuten de política y teología, del bien y del mal,
intentan no obstante abrirse paso a codazos hasta los primeros puestos de la
fila. Todo el mundo grita, nadie escucha. Excepto yo. Yo escucho a veces y así
me gano la vida.
Confieso que
de niño, en Jerusalén, yo también era un pequeño fanático con el cerebro
lavado. Con ínfulas de superioridad moral, chovinista, sordo y ciego a todo
discurso que fuera diferente al poderoso discurso judío sionista de la época.
Yo era un chico que lanzaba piedras, un chico de la Intifada judía. De hecho,
las primeras palabras que aprendí a decir en inglés, aparte de yes o no, fueron
British, go home!, que era lo que los chicos judíos solíamos gritar a las
patrullas británicas de Jerusalén mientras las apedreábamos. Hablando de
ironías de la historia, en mi novela de 1995, Una pantera en el sótano,
describo cómo un chico apodado Profi pierde su fanatismo, su chovinismo, y
cambia casi por completo en el espacio de dos semanas gracias a cierto sentido
relativista, a un baño de relativismo. Por casualidad y en secreto, se hace
amigo de un enemigo, concretamente de un sargento de policía británico muy
dulce e ineficiente. Los dos se reúnen a escondidas e intercambian clases de
inglés y hebreo. Y el chico descubre que las mujeres no tienen cuernos ni rabo,
una revelación casi tan chocante para él como el descubrimiento de que ni los
británicos ni los árabes tienen cuernos ni rabo. De alguna forma, el chico
desarrolla un sentido de ambivalencia, una capacidad para abandonar sus
creencias en blanco y negro. Pero, desde luego, paga un precio: al final de
esta corta novela ya no es un niño sino una pequeña persona mayor, un pequeño
adulto. Gran parte de la alegría y la fascinación, el entusiasmo y la simpleza
de la vida han desaparecido. Y además, se gana otro apodo: sus antiguos amigos
comienzan a llamarle traidor. Voy a citar la primera página y media de Una
pantera en el sótano porque creo que expresa mejor que nada lo que pienso en
materia de fanatismo. Es el capítulo primero de Una pantera en el sótano:
Muchas veces
en la vida me llamaron traidor. La primera fue a los doce años y tres meses,
cuando vivía en un barrio a las afueras de Jerusalén. Fue durante las
vacaciones de verano, faltaba menos de un año para que el gobierno británico se
retirara del país y naciera, en medio de la guerra, el Estado de Israel.
Una mañana
vimos en la pared de nuestra casa, debajo de la ventana de la cocina, escritas
en gruesas letras negras, unas palabras que decían: Profi, boged shafel!
(¡Profi, vil traidor!). El término vil despertó en mí una inquietud que hasta
hoy, mientras estoy sentado escribiendo esta historia, me sigue interesando:
¿puede haber un traidor que no sea vil? De no ser así, ¿por qué se molestaría
Chita Reznik (reconocí su letra) en añadir la palabra vil?
Así que,
entonces, ¿en qué casos la traición no es vil?
El mote de
Profi se me quedó desde que era pequeño. Es el diminutivo de profesor, por la
manía que tengo de jugar con las palabras. (Todavía me encantan las palabras:
coleccionarlas, ordenarlas, mezclarlas, darles la vuelta, formarlas. Más o
menos como hacen los que aman el dinero con las monedas y los billetes, o los
que aman el juego con las cartas.)
Mi padre
había salido a las seis y media de la mañana a comprar el periódico y se
encontró con la pintada debajo de la ventana de la cocina. En el desayuno,
mientras untaba mermelada de frambuesa en una rebanada de pan integral, hundió
de repente el cuchillo casi hasta el mango en el fondo del bote, y con su voz
pausada dijo:
– Muy bonito.
Vaya sorpresa. ¿Qué ha tramado Su Excelencia para que nos honren con esta
distinción?
Mi madre
dijo:
– No la tomes
con él desde por la mañana. Ya tiene bastante con que los niños lo incordien.
Mi padre iba
vestido de color caqui, como casi todos los hombres del barrio en esa época.
Tenía los ademanes y la voz de una persona que siempre tiene toda la razón.
Sacó con el cuchillo una compacta masa de frambuesa del fondo del bote, cubrió
uniformemente las dos mitades de la rebanada, y dijo:
– La verdad
es que en nuestros días casi todos usan el apelativo traidor con demasiada
facilidad, pero ¿quién es traidor? Ciertamente, alguien sin honor. Uno que a
escondidas, por la espalda, a cambio de algún dudoso beneficio, ayuda al
enemigo en contra de su pueblo. O para perjudicar a su familia y a sus amigos.
Es más despreciable que un asesino. Y por favor termínate el huevo. El
periódico dice que en Asia la gente se muere de hambre.
Mi madre
arrastró el plato hacia ella y se comió el huevo y el resto de pan con
mermelada, no por hambre sino por amor a la paz. Dijo:
– El que ama
no traiciona.
Eduardo Dalmasso. Dr. en Ciencia Política (UNC - CEA)

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