Presente y Pasado. Notas sobre el significado de “Hombres de Estado” (2)

 



De nuestros escritos podemos colegir que nuestra profunda crisis no es meramente económica ni institucional: es una crisis de orden. Cuando las reglas dejan de producir legitimidad, cuando la fragmentación sustituye al proyecto común y cuando la política deviene administración de urgencias, se configura un escenario de guerra civil estructural no declarada.

Desde esta perspectiva, cobra relevancia el estudio de aquellos líderes cuya formación intelectual y conciencia histórica contrasta con la precariedad estratégica que caracteriza a buena parte de nuestra dirigencia contemporánea. No se trata de imitar experiencias, sino de comprender qué condiciones intelectuales, éticas y estratégicas permiten a ciertos dirigentes actuar como fundadores de un nuevo orden. En esta línea analítica, la reflexión de Henry Kissinger sobre las características de los líderes en tiempos de crisis ofrece un marco particularmente fértil.


 Un primer enunciado

Ninguna sociedad puede seguir siendo grande si pierde la fe en sí misma o cuestiona sistemáticamente su propia percepción. Kissinger retoma a Epicteto para cerrar sus conclusiones: “No podemos elegir nuestras circunstancias externas, pero siempre podemos elegir cómo responder ante ellas”. Culmina expresando que la función del líder es guiar esa elección e inspirar a su pueblo durante su ejecución.

Describe la trayectoria de seis líderes con personalidades y estilos diversos; ninguno emerge de la alta burguesía, sino de clases medias con fuertes valores meritocráticos. Todos asistieron a exigentes escuelas secundarias, en su mayoría selectivas y de espíritu público. Lejos de la improvisación o del ascenso por mera astucia faccional, su formación revela disciplina, competencia académica y temprana conciencia del servicio público. 

 

Un segundo enunciado

Define al estadista como aquel dirigente que actúa bajo la conciencia de los límites impuestos por la historia y orienta su acción a la construcción de un orden político duradero. El liderazgo, desde esta perspectiva, no se mide por la popularidad ni por la coherencia ideológica, sino por la capacidad de estabilizar expectativas, reducir incertidumbre y proyectar al Estado más allá de la coyuntura.

Esta concepción se opone tanto a la sobreestimación tecnocrática como al voluntarismo retórico. El líder no es un mero administrador eficiente ni un profeta ideológico, sino un intérprete de su tiempo histórico. Esta matriz permite comprender por qué dirigentes ideológicamente disímiles como Deng, Perón, Mandela y De Gaulle pueden ser analizados dentro de un mismo tipo ideal de liderazgo histórico.

En sus estudios identifica una constante: los grandes dirigentes emergen cuando el orden vigente pierde coherencia. No administran equilibrios heredados; los redefinen. El liderazgo, en esta concepción, no es carisma ni mera destreza táctica. Es capacidad de:

  • Interpretar el momento histórico.
  • Comprender los límites del sistema existente.
  • Formular una síntesis superior que restituya legitimidad.

Ese proceso requiere lo que Kissinger denomina cultura profunda: una comprensión sedimentada de la historia, del poder y de la naturaleza humana que permita actuar con perspectiva estratégica. Sin esa densidad intelectual, la política se reduce a reacción episódica o a administración sin horizonte.

Los líderes objeto de su estudio fueron competitivos en el aula y su preparación humanística fue vasta y continua, incluso en la universidad. La educación no era una credencial obtenida en la juventud y luego abandonada, sino un esfuerzo permanente de dimensiones intelectuales y morales. Recibieron una formación orientada a la conciencia histórica y a la capacidad de lidiar con la tragedia. Fueron impregnados desde la infancia de disciplina personal, superación, caridad, patriotismo y confianza en sí mismos.  Diferentes, pero todos compenetrados de su misión.

 

Observaciones finales

Un gran liderazgo consiste en algo más que suscitar exultación transitoria; requiere la capacidad de sostener una visión en el tiempo. “Los sucesores de Adenauer comprobaron que los principios de su visión formativa eran esenciales para el futuro de Alemania.”

Sin liderazgo de esa naturaleza, las instituciones pierden rumbo y las naciones se exponen a irrelevancia progresiva y, en última instancia, al desastre. Para que las estrategias inspiren a la sociedad, los líderes deben ser didácticos: comunicar objetivos, mitigar dudas y movilizar apoyos.

El liderazgo es aún más esencial durante las transiciones, cuando las instituciones pierden relevancia y el plan esbozado para un futuro digno es objeto de disputa.

Preguntas claves emergen entonces: ¿cuáles son las fuentes del bienestar de una sociedad y cuáles las de su decadencia? ¿Qué herencias deben conservarse y cuáles adaptarse o descartarse? ¿Qué objetivos merecen compromiso y qué perspectivas deben rechazarse, por muy tentadoras que sean?

Para el líder, la gestión del riesgo es tan crítica como la capacidad de análisis. El liderazgo transformador debe sostener con firmeza los valores que orientan su acción, especialmente en circunstancias adversas. Allí reside, precisamente, la diferencia entre estadistas formados para gobernar y dirigencias atrapadas en la contingencia.

Dr. en Ciencia Política (UNC-CEA)





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