Presente y Pasado: Raíces de nuestra cultura política lll

 

                                                                      Publicado en Diario Alfil: 20 de Mayo 2026


Presente y Pasado


La dominación en crisis

La crisis del régimen puede abordarse desde la pérdida de legitimidad, las sucesivas crisis económicas o las nuevas composiciones sociales. Sin embargo, el deterioro del orden conservador se sintetiza en tres hitos revolucionarios: la revolución de 1890, que expresa tanto la interna del núcleo oligárquico, como una creciente oposición social; la de 1893, que evidencia la emergencia de líderes decididos a combatir el régimen —esenciales para la identidad de la UCR—; y la de 1905. Esta última, conducida por Hipólito Yrigoyen, sacude las estructuras políticas y lo consolida como líder indiscutido con una vasta capacidad de movilización nacional.


Hipólito Yrigoyen

Yrigoyen asume el liderazgo de una sociedad diferenciada y sin identidad común, enfrentando el desafío de gestionar un Estado carente de prácticas democráticas. 

En su concepción, el radicalismo debía representar al conjunto de la nación; por ello, se autodefine como "movimiento" y no como partido, lo que constituye una negación del pluralismo y de la representación de alternativas políticas.                                                                                                           

Sus discursos plantean una reivindicación moral como fundamento del poder, pero carecen de un programa económico alternativo al modelo instaurado.

Aquí subyace un problema de raíz: su intento de desconocer a los factores de poder mediante prácticas personalistas que no contradicen el rol de las estructuras desarrolladas por la oligarquía. El líder posee los votos, pero el poder económico permanece en manos de una minoría.                                           

Al no conciliar intereses bajo un marco institucional, Yrigoyen recurre a la figura mesiánica, debilitando prematuramente el sistema republicano e impidiendo la transmisión de un discurso hegemónico asumido por la sociedad, a diferencia de procesos como el de los EE.UU. Atilio Borón (1991) plantea al respecto un “empate” donde ninguna clase logra imponer su proyecto de manera total.

Su desprecio por las formas parlamentarias y el uso sistemático de intervenciones federales por decreto revelan una profunda falta de institucionalidad, convirtiendo al gobierno en un apéndice de su voluntad. Sus acciones oscilan peligrosamente: mientras lauda a favor de sectores obreros estratégicos, desconoce reivindicaciones de otros o permite la represión en sucesos como la Semana Trágica y la Patagonia.                              

Así, aunque el radicalismo amplía la representación de las clases medias, lo hace bajo un esquema donde la figura del líder es el único mecanismo de cohesión.


Presidencia de Alvear

El gobierno de Marcelo T. de Alvear revela la contradicción intrínseca del radicalismo: la tensión entre la institucionalización republicana y la identidad populista. Bajo esta lente, la reforma de 1912 habilitó dos interpretaciones en pugna:

   1. La visión de Alvear (Losada 2017): entiende la reforma como el paso hacia una democracia institucional, con un partido orgánico, previsible y respetuoso de la división de poderes que integrara a las élites al juego democrático.

   2. La interpretación yrigoyenista: concibe la ley como un instrumento de reparación ética, donde la legitimidad reside en la comunión mesiánica entre líder y masas; postura que para Félix Luna (1958) define la esencia del radicalismo como sentimiento.

Desde la óptica de Losada, Alvear representa un esfuerzo genuino por despersonalizar el poder frente al mesianismo. Sin embargo, esta "normalización liberal" choca con la realidad descrita por Luna: al frenar el impulso transformador para acercarse a las élites, Alvear vacía al sistema de la mística popular necesaria para resistir los embates autoritarios inminentes.

Este vacío político se torna crítico al combinarse con la vulnerabilidad económica señalada por Della Paolera y Taylor: “mientras el país celebraba su PIB mundial, su estructura financiera carecía de anclajes sólidos y dependía de capitales externos volátiles” (2003).                                

Como advierte Halperín Donghi, (2004)   la gestión de Alvear padece una ceguera estratégica, actuando bajo la ilusión de un modelo agroexportador eterno. En definitiva: la bonanza no fue vista como una oportunidad de cambio, sino como la confirmación del modelo imperante.


El regreso

El regreso de Hipólito Yrigoyen al poder en 1928, conocido como el "Plebiscito", es masivo: gana con el 61,7% de los votos. Sin embargo, este apoyo se desintegra en apenas dos años. Un golpe de Estado lo destituye.

"El puente identitario que Yrigoyen tiende sobre las fracturas sociales de la Argentina es un logro cultural pero un fracaso institucional. Al basarse en la figura mesiánica y no en estructuras de ciudadanía sólidas, el vínculo depende de una bonanza económica que el país no controla. Cuando la arquitectura financiera colapsa, el puente se derrumba, demostrando que una identidad común forjada únicamente en la oposición al 'otro' (la oligarquía) es incapaz de sobrevivir a la angustia material de una crisis sistémica."

Al desplomarse los ingresos de la Aduana por la Gran Depresión, el Estado se retira de las provincias. El Estado clientelista se ve obligado a desarmar estructuras y de ello su debilidad institucional. Su retiro deja a las masas en la orfandad. La identidad compartida se fragmenta en el individualismo de la supervivencia.


Eduardo Dalmasso. Dr. en Ciencia Política (UNC - CEA)

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