“El líder nace o se hace”
“El líder nace o se hace”
1. Sísifo como metáfora del liderazgo
El mito de Sísifo ofrece una imagen precisa del esfuerzo que
implica conducir. No se trata del castigo impuesto por los dioses, sino de la
fuerza interior necesaria para guiar en un mundo que nunca será estable. Sísifo
empuja una roca que siempre vuelve a caer; el líder auténtico transforma ese
movimiento repetitivo en un proceso de construcción personal y colectiva. Esta
metáfora permite sostener que el líder “se hace”, aun cuando posea condiciones
innatas.
El liderazgo no transita un camino cierto. Se ejerce en
contextos cambiantes, donde las personas constituyen mundos diversos en lo
grupal e individual. Como señala Warren Bennis, los seres humanos “tienden a
comportarse como los gatos”: cada uno hace lo que cree que debe hacer, y esto
no siempre coincide con la visión del líder. Por eso, conducir implica alinear
voluntades heterogéneas y sostener decisiones en escenarios donde la
incertidumbre es estructural.
2. La roca como propósito y disciplina
El líder auténtico redefine el sentido de la roca. Las
tareas diarias no son un castigo, sino la materia prima para generar impacto.
La visión convierte el esfuerzo mecánico en acto deliberado: cada paso cuesta
arriba fortalece carácter y resiliencia. El descenso - cuando Sísifo camina sin
carga - simboliza el espacio de reflexión del líder: evaluar aciertos y errores,
desconectar el ego y reafirmar el compromiso con la misión más allá de éxitos
efímeros o fracasos circunstanciales.
El líder inspira a otros a asumir su propio esfuerzo. No
evita dificultades, sino que les otorga sentido. Conecta tareas operativas con
una meta superior y modela con el ejemplo: al ver al líder empujar su roca con
dignidad, el equipo aprende a sostenerse ante la monotonía y la adversidad.
3. El talento inicial: el mito del líder que “nace”
Si el liderazgo “naciera”, sería un don fijo. El talento
inicial - carisma, energía, facilidad de palabra - es solo la roca en la base de
la montaña. Sin disciplina, ese don se estanca. El líder que nace pero no se
ejercita abandona cuando la roca cae por primera vez.
El peligro del don es creer que basta. El líder innato suele
confiar en su potencia natural. Pero cuando la roca cae, cuando el conflicto
retorna y la incertidumbre se intensifica, ese líder se quiebra porque nunca
comprendió que el liderazgo es trabajo continuo y energía moral sostenida.
Este líder dotado pero no transformado es un “líder sin
iniciación”: posee atributos, pero no ha atravesado la experiencia que
convierte esos atributos en capacidad real de conducción. Ante situaciones
emergentes o imprevistas, se cae porque no puede enfrentar lo que excede su
modelo mental.
4. El líder que “se hace”: la forja del carácter
El liderazgo real es el acto de empujar. Las habilidades
sustantivas - empatía, resiliencia, toma de decisiones, aprendizaje - no son
genéticas; se desarrollan en la repetición consciente del esfuerzo. Cuando los
proyectos caen, el líder que se hace no se destruye: baja, analiza el terreno y
vuelve a subir con mejor estrategia. La excelencia surge de esa iteración
lúcida.
La caída no es fracaso: es estructura. Las organizaciones
son sistemas vivos; los problemas retornan. El seguidor se frustra; el líder
recomienza. Allí reside la diferencia energética: tolerancia al retorno del
conflicto. El regreso de “nuestro Sísifo” a la base es la dimensión política
del liderazgo: aceptar que conducir es cuidado continuo, no triunfo definitivo.
El líder vuelve a la roca porque asume la responsabilidad de sostener el mundo
común.
5. La soberanía del líder: decisión y responsabilidad
La soberanía del líder radica en su decisión consciente de
volver a empujar cuando el contexto es adverso. El liderazgo no es llegar a la
cima, sino la relación cotidiana con la roca y la montaña. Carlos Matus lo
expresa en su vector de fuerza: carácter - pasión, experticia y recursos. El
líder auténtico convierte los desafíos en la esencia de su destino, orienta sus
acciones desde valores y visión, y se nutre de la experiencia y de los aportes
de quienes lo siguen.
El líder que nace puede transformarse en líder que nace y se
hace, si atraviesa el proceso formador. Pero el mito de Sísifo enseña que no
todos los talentosos pueden liderar: solo lidera quien acepta cargar la roca
una y otra vez. La roca que cae simboliza la recurrencia de los problemas
humanos, la fragilidad de los acuerdos y la inestabilidad del contexto.
Conducir exige recomponer, orientar y sostener de manera permanente.
6. La iniciación y el campo de liderazgo
Los líderes que han atravesado la iniciación - con o sin
talentos iniciales - aceptan que liderar es una responsabilidad sin clausura.
Saben que la roca siempre vuelve a caer y que la conducción exige interpretar,
decidir, sostener y recomenzar. Su fortaleza proviene de la transformación de
la dificultad en capacidad.
También reconocen que el liderazgo requiere predisposición
al campo específico: a un director de orquesta no se le puede pedir que sea
director técnico de fútbol. La iniciación incluye comprender el campo, sus
lógicas, sus tensiones y su gramática.
7. Síntesis final
El liderazgo es una construcción. El líder que nace aporta
condiciones iniciales; el líder que se hace aporta la energía moral, la
disciplina y la resiliencia necesarias para sostener la roca. Solo quien decide
volver a subir, una y otra vez, se convierte en líder auténtico.
Eduardo Dalmasso. Dr. En Ciencia Política (UNC-CEA)
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