Acerca del significado de Hombres de Estado (6)

 Presente y Pasado


                                               Publicado en Diario Alfil: 18 de Marzo 2026

Algunas ideas centrales

En la interpretación de Kissinger, el liderazgo estatal se configura en la intersección de tres dimensiones: orden, legitimidad y propósito histórico. El líder debe comprender el orden internacional existente, reconocer las limitaciones que impone la realidad del poder y, al mismo tiempo, formular un horizonte de sentido que otorgue dirección a la comunidad política que conduce.

 Cada sociedad acumula, a lo largo de su historia, un conjunto de valores, memorias, mitos políticos y expectativas colectivas que conforman su identidad. Esa conformación debiera ser comprendida por el líder político, quien como tal, ejercerá el rol de guía o maestro en una determinada dirección. De su capacidad de persuadir, dependerá la movilización de voluntades para superar un estado determinado.  La autoridad moral del líder no es un tema menor, máxime en condiciones adversas.

Mientras el político ordinario, primero suele reaccionar a las demandas inmediatas de la coyuntura, el estadista integra pasado, presente y futuro en una narrativa estratégica. El estadista reconoce que las sociedades no se gobiernan únicamente mediante programas o políticas públicas, sino también mediante símbolos, sentido histórico y orientación civilizatoria. “El arte de la conducción estriba precisamente en equilibrar continuidad histórica e innovación política.”

El político como Hombre de Estado, no actúa en soledad ni sin confrontaciones, mientras mayor sea el cambio que propone, más dura la oposición en defensa de los intereses simbólicos y materiales establecidos. De allí la importancia de su autoridad moral para establecer un rumbo y no ser jaqueado por sus debilidades personales.

Los líderes que hemos tomado como ejemplos ponen en evidencia la importancia de avanzar, sin desconocer dentro del juego político, que el adversario no es un enemigo.  Cuando ese reconocimiento no ocurre, las sociedades están destinadas a dividirse en bandos irreconciliables.

En última instancia, allí donde una comunidad política es capaz de formar élites con conciencia histórica, disciplina intelectual y sentido de responsabilidad pública, se crean las condiciones para que emerjan liderazgos capaces de orientar el destino colectivo. Donde esa formación desaparece, la política pierde horizonte y el Estado queda expuesto a una deriva prolongada.

 

Conclusión: cultura política, élites y hombres de Estado

Las experiencias examinadas muestran que los grandes liderazgos no emergen en el vacío. Los líderes citados, actúan en contextos históricos distintos y responden a tradiciones políticas diversas. Sin embargo, todos comparten un rasgo estructural: pertenecen a culturas políticas capaces de formar élites con conciencia histórica, disciplina intelectual y sentido de responsabilidad pública.

Las experiencias analizadas, confirman que los momentos de crisis profunda del Estado crisis de legitimidad, fragmentación social y vacío de horizonte— sólo logran resolverse cuando emergen élites capaces de convertir el conflicto en un proyecto político orientado a la integración y el desarrollo. La firmeza y la negociación los caracterizan.

 

Argentina

La construcción del Estado moderno bajo la conducción de Julio Argentino Roca se apoya en una elite dirigente con fuerte vocación estatal, que conciben la organización nacional como una tarea histórica de largo plazo. Es de destacar que la figura de Roca, y sus métodos de gobierno, adquieren una dimensión personal durante décadas por sobre los que lo sucedieron.

La irrupción política de Hipólito Yrigoyen introduce una transformación decisiva al ampliar la participación democrática e incorporar sectores sociales previamente excluidos del sistema político. Ese proceso, si bien amplía la vida democrática, está sujeto a dos características claves por sus consecuencias en la institucionalidad republicana:  El extremo personalismo del líder y el carácter de movimiento con el que define a su “fracción política”.

Las rupturas institucionales y el deterioro de las prácticas republicanas que caracterizan a la llamada Década Infame profundizan ese proceso. La manipulación electoral, el descrédito de la representación política y la naturalización de prácticas alejadas de la ética pública contribuyen a erosionar la calidad moral y política de las élites dirigentes. El faccionalismo, y la debilidad republicana, es una de sus consecuencias.  

En ese contexto emerge la figura de Juan Perón, quien impulsa:  una profunda transformación social y política, al incorporar a amplios sectores populares y redefinir la relación entre Estado y sociedad. Esa capacidad de integrar socialmente a actores hasta entonces marginados constituye uno de los rasgos que permiten identificar en su liderazgo una dimensión propia del estadista.

Sin embargo, su personalismo y lógica plebiscitaria ligado al desconocimiento de ciertos principios republicanos potencia un histórico faccionalismo, que impide la consolidación de un orden político estable y plural.

A partir de su derrocamiento, la conducción del Estado, recae con frecuencia en dirigentes — militares y civiles— cuya formación intelectual y horizonte estratégico resultan insuficientes para comprender la magnitud de la crisis de hegemonía, que atraviesa el país. La dirigencia interpreta los conflictos como resultado de una guerra del todo o nada. De ello, su incapacidad de articular un proyecto nacional compartido.

Eduardo Dalmasso. Dr. En Ciencia Política. (UNC-CEA)


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